viernes, 20 de enero de 2017

Viena 43 (Asombrado con los relieves y platería romanos)

Esto es uno de los relieves Grimani. Y a ver cómo digo esto sin que se me note todavía más el pelo de la dehesa de mi ignorancia oceánica: yo no sabía que los romanos tuvieran esa finura de detalles en la escultura. Puedo escudarme en las cosas toscas que he visto en tantos Museos o en los estragos del tiempo, que se habrán tragado tantas cosas hermosas, pero yo no sabía que hicieran cosas así. Son relieves de una fuente de Preneste (Palestrina) del primer siglo de nuestra era:











Y mirad esta leona con sus crías (y mejor en la foto del KHM):


Mucho mejor y ampliable hasta lo inaudito, en Google Arts & Culture. También en el KHM. Y allí me encuentro con esta oveja con su cordero, que no recuerdo haber visto allí.

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Y para redondear con otra cosa que me dejó sin habla, este centauro, de un ritón (un cuerno para beber). Es de  plata, con la misma técnica (quiero pensar) que el salero de Cellini, pero unos cuantos siglos antes:






Estaba dudando si poner un enlace a la foto del Museo, que justo en este caso no le hace justicia, pero juzgad vosotros.

jueves, 19 de enero de 2017

Viena 42 (Tesoros romanos en Austria)

ME gustó mucho en el KHM ver expuestos hallazgos arqueológicos en una vitrina, por ejemplo estos testimonios del III d. C., encontrados en un pueblo de Austria, del culto a Zeus/Júpiter Doliqueno, dios oriental (originado en Dolique, una ciudad en Turquía), que parece que estaba a medio camino entre Zeus y Baal, y que recibía culto especialmente en zonas de frontera del imperio, como pasaba con Mitra.

Lo más fascinante era un conjunto de láminas de plata, ofrendadas por personas concretas, a veces con estas siglas solo: VSLM (votum solvit libens merito: «hizo un voto porque quiso y con esfuerzo»):



Al mismo contexto pertenecía este objeto triangular, preparado para ser llevado en procesión, en el que aparecen en cuatro franjas, de arriba abajo, la Victoria, el Sol y la Luna, Zeus Doliqueno y Juno Regina y abajo los Dioscuros (mirad mejor la excelente foto del Museo):


Y aquí tenéís a Júpiter Doliqueno (mirad la foto del KHM):


Y aquí con su señora, Juno Regina (id a la foto del KHM), haciendo acrobacias:


También había una «romana» (me gustan mucho, las veía usar de pequeño en Castrojeriz):


En la sala anterior tenían un grifo, encontrado en la región de Carintia, del I d. C., que parece que estaba mirando a Apolo. Una maravilla:





Y de religiones orientales con éxito en las fronteras del Imperio, la de Mitra (mirad la foto del Museo):

miércoles, 18 de enero de 2017

La compasión y la cámara de gas

Pensando ahora en mi frustrante visita a la iglesia de Otto Wagner, estoy seguro de que la hizo con todo el cariño que pudo (le voy a echar otra vez la culpa a la restauración, tan limpídisima) y sobre todo que de hecho fue un lugar de descanso, consuelo y refugio para aquellos pobres enfermos.

Antes de salir del recinto pasamos por un pabellón donde había una exposición sobre el complejo psiquiátrico en la época del nazismo. Fue desolador y otra comprobación de la verdad de aquello de Flannery O'Connor, que tanto escuece, sobre que nos guiamos por el sentimentalismo y el sentimentalismo lleva a la cámara de gas (lo recogió Walker Percy en una novela y Gregorio Luri lo comentó).

He ido a ver qué tenía sobre el tema en mi blog paralelo y era esto: ella subrayó en un libro de Russell Kirk (The Conservative Mind, 1953, 141) esta frase: «Abstract sentimentality ends in real brutality» (El sentimentalismo en abstracto termina en brutalidad real). Recogía yo también mi traducción de un pasaje al respecto de un libro de Hank Edmondson:
Según lo veía O'Connor, la insistencia actual en la compasión es un remedio secular al deseo de redención. En lugar de pedir cambio moral, el moderno "escritor excusa toda debilidad humana porque la debilidad humana es humana". Pero eso es a lo sumo una suerte de "compasión difusa" y "en este espíritu popular, marcamos nuestra mejora en sensibilidad y nuestra pérdida en capacidad de observar". Aunque "otras épocas" puede que hayan sentido menos, veían más, es decir, que veían con "el ojo antisentimental ... de la fe". Pero ahora, cuando la fe está ausente, "gobernamos por medio de la ternura". Como esa ternura está "separada de la persona de Cristo", se apoya sólo en teorías abstractas, alejadas de la fe. Esa es una situación peligrosa porque "cuando la ternura no tiene conexión con la fuente de la ternura", tiende a hacerse paternalista y a imponerse. Por ello, "su resultado lógico es el terror. Acaba en los campos de concentración y en las humaredas de la cámara de gas".
La frase original de Flannery es esta:
“If other ages felt less, they saw more, even though they saw with the blind, prophetical, unsentimental eye of acceptance, which is to say, of faith. In the absence of this faith now, we govern by tenderness. It is a tenderness which, long cut off from the person of Christ, is wrapped in theory. When tenderness is detached from the source of tenderness, its logical outcome is terror. It ends in forced-labor camps and in the fumes of the gas chamber.”
Fue escalofriante ver en la exposición cómo aquel modélico espacio de cuidado a los enfermos más sufridos se convirtió en los años 30, «gracias» al nazismo, en una factoría de «compasión» que mandó al otro barrio a todos los niños enfermos que se encontró allí (y los que fue recolectando por toda Austria), esterilizó a todos los que no llegaban al standard racial que habían fijado y se dedicó a pulirse a ancianos, con grandísima asepsia, por supuesto.

martes, 17 de enero de 2017

Viena 41 (La Iglesia de Wagner)



Tenía muchas ganas de visitar la iglesia «Am Steinhof» de Wagner en Viena, sin saber que era la capilla de un complejo que en los principios del siglo XX fue modélico en el tratamiento de enfermos psiquiátricos: un gran espacio de pabellones en una ladera, para sustituir a los manicomios de toda la vida, edificios enormes y cerrados (arriba y en el medio, está la iglesia):





Era como una pequeña ciudad, con todos los servicios, por ejemplo de sastrería:


Así que ibas subiendo desde la entrada e ibas atisbando el blanquísima edificio entre los árboles:





En donde mejor queda, en farolas y verjas:




Hasta que al llegar al lado, qué decepción. Ha sido una de las mayores de mi vida, creo. Y certifica definitivamente mi divorcio de todo ese estilo. Ya a Gaudí lo había dado por imposible y ahora también lo comprobé al ver ese enorme pastel de nata repleto de remaches dorados:




(La marquesina, como de teatro de varietés)




(las guirnaldas, argg, la cúpula brillante a más no poder. Quizá mi problema es que todo estaba restaurado hace poco. Con cien años de polución encima yo creo que no me chirriaría todo tanto)

Luego había cosas que bueno, por ejemplo las baldosas:


Y las vidrieras, de Koloman Moser, con las obras de misericordia y santos que destacaron en cada una (las fotos, de la wikipedia), que me gustaron mucho (por ejemplo san Bernardo debajo de la obra de misericordia de dar posada al peregrino:


Me gustó mucho también ver a santa Teresa en la de «dar consuelo al afligido»:








La idea del altar con baldaquino es buena, como la de las lámparas o la idea de todo con un aire como bizantina, pero no sabéis lo recargado que me pareció todo, ay:






Había dos altares laterales, con pinturas interesantes:




Aquí la inscripción dedicatoria, de la primera piedra, por el emperador Francisco José I. No puedo evitar traducir el título: «En la presencia altísima de su Majestad Apostólica Real e Imperial FRANCISCO JOSÉ I, emperador de Austria, rey de Hungría, etc.». La fecha es de 27.09.1904:



Yo creo que es en esta foto del púlpito donde conseguiré explicar por qué me pareció todo tan recargado:

lunes, 16 de enero de 2017

Realistas de lo peor

Newman, Sermones parroquiales vol. 8:
Reflexiones como estas, si las continuamos hasta el final, nos harán ver lo distinto que es nuestro estado de aquel en que Dios nos creó. Quiso que fuéramos sencillos, y somos irreales; quiso que no pensáramos en el mal, y son miles las cosas, malas, estúpidas o sin valor, que se nos pegan en cuanto nos ponemos a pensar en algo. Nos quiso atraídos hacia las glorias exteriores y nos vemos atraídos y (por así decir) fascinados por nuestras miserias interiores. Por eso toda la estructura de la sociedad es tan artificial; nadie se fía de nadie si puede evitarlo; siempre estamos buscando medidas de protección y seguridad, o comprobaciones. Nadie quiere decir exactamente lo que dice, porque las palabras han perdido su sentido natural, y ni siquiera un ángel podría usarlas en ese sentido natural, porque, al ser cada mente distinta de las demás, no tienen un significado preciso y estable. ¿Cuál es, hoy por hoy, la verdadera función de la sociedad sino un crudo intento de cubrir la degradación de la Caída y hacer que los hombres sientan respeto de sí mismos y gocen de él y lo reciban ante los demás, sin tener que recurrir a Dios? De esto es justamente de lo que tenemos que guardarnos, porque abunda mucho en el mundo. Me refiero, no al abandono del mal, no a la limpieza y purificación de la corrupción que el pecado ha cebado en nosotros, sino a ese suavizar las cosas, esa delicadeza y brillo exterior, ese adornar la superficie de las cosas al tiempo que «por dentro están llenas de huesos de muertos y de toda podredumbre» (Mt 23,27); a hacer del vestido, que al principio servía a un propósito de decencia, un medio de orgullo y de vanidad. Los hombres dan bonitos nombres a lo que es malo, santifican principios y sentimientos malos y, sabiendo que en el mundo existe el vicio y el error, el egoísmo, la soberbia y la ambición, intentan, no erradicar esos males, no hacer frente a esos errores -eso les parece pura ensoñación, el sueño de un teórico que no conoce el mundo como es-, sino fomentar su estimación y hacer alianza con ellos, usarlos, crear la ciencia del egoísmo, para halagar al error y consentir en él, para sobornar al vicio con la promesa de tolerarlo, manteniéndolo así en la penumbra.
Dado el estado en que nos encontramos, tomemos esos medios, los únicos que nos han quedado, los únicos que nos convienen. Cuando Adán pecó y se sintió caído, en lugar de abandonar honradamente aquello en que se había convertido, corrió a esconderse. Y fue un paso más allá. No dejó lo que entonces era, en parte por miedo a Dios, en parte por disgusto de lo que había sido antes. Aprendió a amar el pecado y a tener miedo a la justicia de Dios. Pero Cristo nos ha ganado lo que perdimos en Adán, el manto de nuestra inocencia. Nos ha mandado y nos ha hecho capaces de hacernos niños pequeños; nos ha ganado la gracia de la sencillez, una de las gracias más altas, aunque casi nadie piensa en ella ni casi nadie se esfuerza por conseguirla. Tenemos, sí, una idea general de lo que es el amor, la esperanza, y la fe, y la verdad, y la pureza, unas ideas más bien pobres. Pero estamos prácticamente ciegos ante uno de los rudimentos de la perfección cristiana, esa sencillez de alma que surge del hecho de tener todo el corazón en Dios, entero, indiviso. Y los que piensan que tienen una idea de ello, por lo general no van más allá de tomarla por una mera debilidad y suavidad de alma, que no es más que su falsificación. Ser sencillo es ser como los apóstoles, como los primeros cristianos. Nuestro Señor dice: «sed sencillos como las palomas» (Mt 10,16). Y san Pablo: «quisiera que fuerais sabios para el bien y sencillos, en cambio, para el mal» (Rm 16,19).

jueves, 12 de enero de 2017

Consuelo para malos cantores

San Juan de Ávila
Decí: ¿no habéis visto amanecer alguna mañana? Es cosa mucho de ver. Parece milagro de Dios ver cómo va saliendo el alba, ver cómo cantan todas las avecillas, unas bien, otras mal; es milagro verla; no parece sino que todas llaman a Dios a su manera, todas bendicen a Dios (OC 3.841.45).
Del amor de san Juan a la aurora (al alba) es muestra también esto que aconseja decir a primera hora a la Virgen, en un sermón de la fiesta de la Natividad
¡En hora buena sea nacida el alba y bendicto sea el que la crió tan hermosa alba! ¡Honrada y servida sea tal alba! (3.817.4).

miércoles, 11 de enero de 2017

Viena 40 (Los cartones de Túnez)

A veces hay que irse lejos para reconocer lo cercano (u no sólo por cuestiones de perspectiva). Parece que en el Palacio Real de Madrid hay una serie de tapices sobre la conquista de Túnez por Carlos V. Yo no tenía ni idea. En el KHM tenían expuestos los cartones que sirvieron de base, de Jan Cornelisz Vermeyen (en esta excelente explicación, de una web sobre tapices flamencos en España, cuentan que le tuvo que ayudar a acabarlos Coeck van Aelst, ese que ayer ponía que tenía un cuadro en Castrojeriz: no salimos de mi ombligo, ay):

Mis fotos, intentando sortear los reflejos en el cristal y la poca luz:












Y aquí tenéis nada menos que a Carlos V.


Y para que veáis los cartones con un color más real que el de mis fotos, aquí van estas imágenes que he encontrado:








)Este último ya veis, como si fuera el oeste)

(y más detalles aquí, de los cartones y de la exposición. Y si queréis verlos a lo grande, pues en la web del Museo: uno dos tres cuatro cinco seis siete ocho nueve diez

Luego miras los tapices y casi prefieres los cartones. Pero la historia de cómo viajaron es bien curiosa.